Un recorrido Gemba consiste en ir al lugar donde se realiza el trabajo y observarlo directamente, en lugar de dirigir desde los paneles de control, los informes y lo que transmiten los mandos intermedios.
Existe porque los indicadores describen lo que se ha medido y no dicen nada de lo que no se ha medido. El apaño que nadie documentó, el paso que la gente se salta porque el estándar no es práctico, la máquina a la que hay que dar un golpe en un sitio concreto: nada de eso llega a un informe, y todo ello condiciona las cifras que sí lo hacen.
Observar es la disciplina. Un recorrido que se convierte en una inspección produce la versión del trabajo que la gente quiere que se vea, que es precisamente la que ya aparece en los informes. Las preguntas giran en torno a cómo transcurre el trabajo y qué lo dificulta, y se le hacen a la persona que lo está realizando.
Hecho de forma irregular es puro teatro, y el personal lo interpreta así. Hecho como rutina sin seguimiento es peor: se plantean problemas, no ocurre nada y el siguiente recorrido no aporta nada.