El Total Productive Maintenance convierte la fiabilidad de los equipos en una responsabilidad compartida entre quienes operan las máquinas y quienes las mantienen, en lugar de ser una función técnica que actúa tras una avería.
La división convencional establece que los operarios producen y los técnicos reparan, sin que ocurra nada entre fallos. El TPM traslada el cuidado rutinario —limpieza, inspección, lubricación, pequeños ajustes— al operario, partiendo de la base de que la persona que está junto a la máquina todos los días es la primera en notar cualquier cambio. Un técnico solo ve el equipo cuando ya está roto.
La limpieza hace la mayor parte del trabajo, y no por la razón que parece. Limpiar es inspeccionar: las fugas, el desgaste, las piezas sueltas y el calor se detectan con las manos y la vista mucho antes de que se conviertan en paradas.
Se mide con OEE, que agrupa sus pérdidas en tres categorías: averías, paradas menores y marcha lenta, y defectos. Las paradas menores suelen ser las mayores y las menos visibles, ya que son individualmente triviales y colectivamente enormes.
Fracasa allí donde a los operarios se les asignan las tareas sin el tiempo necesario, lo que convierte esto en un trabajo adicional no remunerado y hace que se abandone en pocos meses.