El Value Stream Mapping mapea cada paso por el que pasa una solicitud, desde el inicio hasta la entrega, registrando en cada uno el tiempo de procesamiento, el tiempo de espera previo y si aporta valor desde el punto de vista del cliente.
La conclusión que justifica el esfuerzo suele ser casi siempre la relación entre el tiempo de procesamiento y el tiempo transcurrido. Un expediente que requiere cuarenta minutos de trabajo real tarda habitualmente once días en recorrer una organización. Todo el mundo ve los cuarenta minutos. Nadie asume la responsabilidad de los once días, motivo exacto por el cual se perpetúan, y por el que acelerar los cuarenta minutos no cambia prácticamente nada.
Los mapas deben elaborarse recorriendo el proceso sobre el terreno. Los tiempos surgen de la observación y la longitud de las colas, de contar lo que hay acumulado en ellas. Un mapa trazado en una sala de reuniones describe el proceso tal como se diseñó y no como se ejecuta, y la diferencia entre ambos es precisamente todo lo que importa.
El mapa del estado actual va primero y no es opcional. Un estado futuro dibujado antes de comprender el estado actual es solo una expresión de deseos con flechas.
El verdadero despilfarro es mapear un flujo que nadie tiene intención de cambiar. El VSM exige una inversión de tiempo sustancial que solo compensa cuando el mapa del estado futuro se transforma en un plan con responsables y fechas; los mapas que se quedan en mero análisis acaban colgados en una pared.